Después de repetir las tostadas gigantes de Granada, me subí a un auto con tres chicas españolas en dirección a Sevilla. Ana, la conductora, es periodista y nos divirtió todo el viaje con anécdotas de su trabajo. El trayecto pasó rapidísimo y al mediodía ya estaba en Sevilla.
Sevilla es una ciudad incomprendida. No sé si esa es la mejor forma de explicarlo, pero sin dudas, creo que hay que ir y verla, en lugar de oír lo que todos tienen para decir de ella.
Mi plan inicial (cuál plan??) no contemplaba visitar Granada, y sí Sevilla, hasta que alguien me dijo que no podía perderme la Alhambra y le hice caso, y tuvo razón, pero lo que además me dijo fue que en Sevilla no había mucho para ver.
Ese fue el primer comentario que recibí al respecto y luego muchos otros muy diferentes. A rasgos generales los extranjeros coincidían en que Sevilla era una ciudad muy bonita que valía la pena visitar, y los españoles en que era una ciudad como cualquiera, sin nada especial, que se da aires pero no tiene con qué.
Al ingresa a la ciudad, su río, su costanera me hicieron pensar en Rosario, y los cientos de Jacarandás en flor que inundan sus calles, me dejaron vislumbrar Buenos Aires.
Sevilla es diferente, ciudad, ciudad. Es uno de los mejores lugares del mundo para andar en bicicleta, todo está lleno de bicisendas. Tiene una parte antigua pintoresca, un Alcázar con unos jardines maravillosos; una plaza en el centro con un edificio/escultura icónico y moderno, una vida nocturna vibrante.
No tuve que andar mucho para estar de acuerdo con los extranjeros, obviamente, Sevilla es hermosa, tanto, que parece que sus habitantes están muy orgullosos de su ciudad, tan orgullosos que despiertan un poco el desdén del resto de los españoles; pero como me dijo Lali, la verdad es que tienen con qué alardear.
Allí me hospedó Leonardo, un ingeniero aeronáutico madrileño (ingenieros aeronáuticos que conocí en toda mi vida: cero - ingenieros aeronáuticos que conocí en los últimos seis meses: tres) que vive desde hace algunos meses en la ciudad. Yo recorrí sola el alcázar y más tarde nos reunimos para tomar cerveza, caminar un poco por las calles que él todavía está descubriendo, y comer algo.
| la fila para entrar al alcázar |
| el palacio |
| un techito |
| los jardines |
| y si tenés suerte y justo da la hora en punto, empieza a sonar. yo estaba ahí, fue mágico. |
| baños |
| y nos subimos a la setas |
Comer algo resultó en comer lo más típico en esta época en Sevilla; caracoles. Al principio me negué, pero confié en Leonardo que me dijo que la textura no era esa baba, gelatina, que uno esperaría que fuera un caracol. Tenía razón y les entramos de lo lindo.
Después seguimos paseando, las calles estaban llenas de gente, era una noche hermosa. Tomamos un helado (yo de turrón, para seguir con las cosas típicas, y debo decir que en españa el helado es muy rico pero muy pequeño!! si pagás más te dan un cucurucho más grande, pero no mucho más helado!).
Al día siguiente mi idea era cruzar a Portugal, ya tenia un anfitrión en Faro. Pensaba despertarme e ir a la estación a averiguar cómo me convenía ir, pero para mi fortuna, y gracias a que era fin de semana, Leonardo estaba libre y decidió aprovechar el domingo para ir conmigo hasta portugal, a donde su familia tiene una casa de verano.
Así que nos despertamos sin alarmas y luego de desayunar emprendimos nuestro viaje, menos de dos horas más tarde estábamos comprando pollo asado (especialidad de Vila real do santo Antonio, o quizás de todo Portugal, no lo sé) y los clásicos pasteles de nata portugueses, de postre.
Comimos en la casa, mientras yo me divertía imaginandome esos veranos de la infancia que Leonardo me contaba, cuando aprendió a hablar portugués, y una pareja de zorros que vivía en el bosque que se ve desde la ventana, venía a comer de la mano de los chicos, mientras las familias preparaban la comida.
Un poco flotando en la modorra que da el almuerzo, caminamos hasta la playa y pasamos la tarde al sol, chapuzón de por medio.
Era el día perfecto que necesitaban mis pies destruídos.
Habiéndonos informado de los horarios del transporte, dejamos la playa cuando yo todavía podría haber estado mil horás más, para que pudiera tomar el tren (de tres vagones) que me llevaría hasta Faro, en un viaje de algo más de una hora, entre pueblitos y marismas.
[Curiosidad que ya varias personas me comentaron: por la misma época en que salió la serie True Detective, salió también una película española, que se llama La isla mínima, y parece que es sospechosamente similar, aunque las dos cosas estaban en producción al mismo tiempo, así que no se puede decir de quién fue la idea primero, lo seguro es que todos dicen que es muy parecida la trama, y sobre todo la ambientación, que para el caso de la película son locaciones en la parte de Andalucía que recorrimos con el auto, con sus marismas y pinares]
El llegar a Faro me contacté con Lawrence que me iba a hospedar, y llegué a su departamento para descubrir que además vivía con otros dos chicos, todos muy simpáticos, Patrick, que no entendí de dónde era en África y un chico de República Checa parece que acaba de salir de la serie Glee.
Pasé el resto de la tarde/noche, tratando de descifrar qué hacer a continuación. Lawrence me dijo que en Faro no hay mucho para ver aparte de la ciudad vieja y que las playas no son las más lindas, pero que podía tomar un colectivo hasta Lagos, donde él creía que estaban las mejores playas.
Compré mi pasaje para volver desde Porto hasta Barcelona, porque más pasan los dias, más caro sale, así que le di algo de orden a mi estadía en Portugal, hiciera lo que hiciese, la madrugada del dieciseís iba a haber un avión con destino a Barcelona con un asiento para mí.
Después de cenar arroz con porotos negros y pollo que cocinó Lawrence, me fui a dormir escuchado los gritos (porque eso no es cantar!) de los pavos reales.
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