Tomamos el tren a sintra, que casi perdemos porque estaba escondido detrás de otro (sólo en Portugal!!), y desde sintra un bus a Cabo da Roca, que es el lugar más occidental de Europa (continentalmente hablando), y se consideraba el fin del mundo, cuando el mundo era básicamente eso, Europa.
Es un lugar hermoso, con acantilados oscuros, un mar azul profundísimo y las praderas de muchos verdes distintos.
Después de pasar un rato con bastante frío porque el viento era impresionante, nos volvimos a tomar el bus para Sintra.
De nuevo las arbitrariedades de Portugal nos jugaban una mala pasada.
Esto es lo que entendimos, o lo que no entendimos, del sistema de transporte público en Lisboa.
Tienen tarjetas recargables, como la sube pero de un cartoncito bastante blandito.
Supuestamente sirven para todos los transportes públicos.
Podés cargar en una máquina o en ventanilla.
No sabemos si cargás plata y se descuenta, o viajes en particular, porque cuando cargás en ventanilla te preguntan hasta dónde y si querés ida y vuelta.
A veces funciona y a veces no, para algunas cosas sí, y para otras no, misterio.
En el bus de Sintra no funcionaba, pero vimos gente que pagaba con la misma tarjeta.
Es siempre la misma (es decir que se ve igual) pero hay diferentes.
Todas tuvimos que volver a comprar otra, idéntica pero distinta (???) , en algún momento.
Un poco puteando porque nos parecía que los Portugueses lo hacen a propósito para que termines gastanto un dineral en moverte de un lado al otro, recorrimos Sintra.
Es un pueblito/ciudad súper turístico, el punto más turístico de Lisboa, y se nota porque a penas llegás podés acceder a un mapa de la zona y hay carteles indicativos, al fin.
El lugar es hermoso y en todos lados venden Zinsinha, que es un licor dulce de cereza típico de Portugal, pero sobre todo de la zona, donde lo sirven de una forma particular: en un vasito de Chocolate.
Después de almorazar en un lugar muy bonito, donde nos atendieron muy amablemente por primera vez, nos tomamos nuestra sinsinha obligada y compramos ooootro boleto de bus, para recorrer los castillos de Sintra.
Hay muchas cosas para ver así que hubo que elegir, nos recomendaron el Palacio da Pena, que es el más caro pero supuestamente vale la pena. Yo ya de ver las fotos lo dudé, es una cosa muy walt disney, de todos colores, y bastante contemporánea porque es del 1800...
Otra opcion era el de los Moros, que es del siglo IX.
El día anterior Leonor nos había dicho que el de los moros era como el de San Jorge, que ella creía que era una trampa para turistas, porque la entrada es cara (8 euros) y son sólo rocas, en cambio el da Pena es más caro, pero es diferente y si lo vale.
Tengo que decir que estoy completamente en desacuerdo con Leonor, en todo, el castillo de San Jorge es sólo piedras pero está muy bien restaurado y se puede sentir la idea de cómo era un castillo tan antiguo como ese en su origen, además las vistas de la ciudad desde alí son muy lindas.
El palacio de los moros no lo vimos, más que de lejos pero me pareció hermoso y tiene una muralla extensísima, sobre la cresta de la montaña, en medio del bosque.
El Palacio da Pena es una locura, parece una torta, es ridículo, es chiquito, el paseo es corto y es carísimo, sale lo mismo que entrar a la Alhambra y todo parece falso. No sé si muchas cosas se destruyeron o qué, pero en vez de restaurarlas a su forma original, pintaron las paredes imitando lo que solían ser, por ejemplo molduras, techos labrados, tapices, etc. Parece una caricatura.
| El castillo de los Moros, visto desde Palacio da Pena |
De nuevo lo que vale es la compañía y la pasé muy bien con las hermanas Mizrahi, pero la verdad es que entre el gasto de transporte y de la entrada, sentía que una vez más los portugueses me habían timado.
Los jardines si son lindos, que en realidad no son jardines, son bosques, y claro que son bonitos, porque son bosques.
Como yo todavía tenía que volver hasta lisboa, buscar mis cosas y tomar un tren a Oporto, me despedí de las chicas en Sintra, con muchos abrazos y muchos nos vemos, y corrí como loca para llegar lo antes posible a la estación de tren, con todas mis cosas, y enterarme que el próximo servicio a Oporto salía recién a las diez, y llegaba a destino a la una, eran las ocho, compré mi boleto. refunfuñé, me enojé, me desesperé un poco, me calmé, llamé al hostel para avisar que llegaría tarde, compré pringles y galletitas y esperé.
Dos horás después estaba durmiendo como un tronco en un tren y tres otras después en la estación de Oporto, el último subte sale a la una, llegué una y cinco.
Pensé en caminar porque el chico del hostel me dijo que no era peligroso, pero hacía frío así que tomé un taxi, que me dejó en la esquina porque la calle del Hostel es peatonal.
Cuando empecé a caminar sin encontrar el lugar, me di cuenta que no había anotado la direccion exacta, tenía un punto guardado en el google maps, el nombre del hostel y nada más, no había nadie en la calle y no había señal de internet, no sabía qué hacer. Por fin pasó una señora y le pregunté si conocía Oporto Sport Hostel, por supuesto que no, pero paró un auto que justo pasaba, con dos chicos y dos chicas, que se tomaron un rato para ayudarme, una buscó en su teléfono y me dió la dirección exacta.
Después de agradecerles mucho, caminé buscando el número, estaba muy cerca, y realmente estaba hecho para no verlo, ya que no tenía más que un cartelito de papel en la puerta, de diez centímetros por diez centímetros que decía "Sport Hostel"
Toqué timbre, me dieron mi cama y me dispuse a dormir, cosa que me costó bastante porque la habitación parecía un concierto de ronquidos. Impresionante como chicas tan pequeñitas podían hacer esos ruidos como de esos furiosos. Finalmente, arrullada por el coro que formaban, logre dormirme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario