Así que dormida como un tronco viajé la hora y media que me separaba de Zurich, y cuando llegué al aeropuerto ni me pregunté si tenía ganas o no de conocer la ciudad, busqué la estación de tren y compre el primer boleto para San Gall (ó Saint-Gall o Sankt Gallen), una ciudad pequeña que es la capital del cantón que lleva el mismo nombre.
En San Gall me quedaría en la casa de Jan, un conacto que me pasó Marianita, que lo conoció en su viaje por India.
Cuando llegué a la estación Jan estaba ahí y me recibió con un abrazo.
Así pasé dos dias paseando por la ciudad y viviendo en una casa en la que no terminé de entender cuántas personas (todos muchachos!) viven. Compartí con ellos paseos, comidas, charlas, música, salidas.
Me divertí mucho y me sentí como rodeada de hermanos mayores que cuidaban de mi y se preocupaban de lo que podía necesitar todo el tiempo.
Lo primero que fui a conocer, por recomendación de Jan, fueron los estanques de Dreilinden. A penas empecé a caminar me enamoré del lugar (sí, ya sé, vengo medio enamoradiza ultimamente...) Las casitas, los jardines, las consideraciones arquitéctonicas y decorativas para con los felinos, el verde, el verde por todos lados. Cuando llegué al lugar, sólo después de caminar unos quince minutos no lo podía creer, era demasiado hermoso para ser real.
Estaba lloviznando y hacia frío, así que sólo había algunos corredores que pasaban por ahí, al margen de eso estaba desierto, yo sola en ese lugar que era como de un sueño. Lo caminé por todos lados, despacio, con música, en silencio, quería que durara para siempre.
Me lo imaginaba en un dia de sol en verano, lleno de picnics y personas en el agua, o en otoño, con las hojas de los árboles cayendo en los estanques... Empezó a llover más fuerte y tuve que volver, si no hubiera sido por el frío, creo que me hubiera quedado horas y horas ahí.
Esa noche fuimos a un bar, donde Leroy era el Dj. Muy divertido. Me había dicho que era un lugar muy relajado, para jugar ping pong, y yo me imaginé algo como el San Bernardo, por eso me sorprendí cuando llegué y vi que había solo una mesa de juego en medio de un gran salón.
Arranca el partido con todos los jugadores que quieran participar, si conseguiste una paleta bien, y sino le das con la mano. Todos se van moviendo al rededor de la mesa, golpeando la pelota sólo una vez cada uno, el que pierde, se retira, y así hasta que quedan dos y se convierte en un partido normal, hasta tres puntos. Cuando terminan, golpean la mesa con las paletas, para que todos sepan que empieza de nuevo.
Así pasamos la noche, entre rondas de ping pong y música electrónica.
A día siguiente con Jan y Leroy fuimos a visitar la catedral con su Biblioteca patrimonio de la humanidad, resultó ser que Leroy conocía muy bien el lugar, porque había ido a la escuela ahí. La biblioteca es hermosa, todo es hermoso, peeeeero,no se puede sacar fotos adentro, lo cual me puso un poco triste porque venía fantaseando desde hacía unos días con la foto de Petit en ese lugar.
| la calle de los bancos que es toda roja y tiene unas papas voladoras (??) |
Esa noche, viernes tranquilo, vimos una peli y nos fuimos a dormir. Jan me recomendó que si quería ver esa Suiza de cuento, esa de rompecabezas, tenía que ir a Appenzell, en tren, a un ratito nomás.
Me desperté y fui para la estación, después el viaje en trén más bonito hasta hora estaba en Appenzell, que sí, es verdad, es como una especie de maqueta de Suiza, pero no me pareció gran cosa, así que fui a la oficina de turismo y pregunté si había algún lugar para ver la ciudad desde arriba. Me mandaron de nuevo a tomar el tren, obviamente, pero yo decidí ir caminando, hasta Sammelplatz. Y no me arrepenti de la decisión, porque lo más lindo fue ir subiendo esas colinas llenas de verde y de flores, cada tanto una casa, cada tanto una vaca, la ciudad allá abajo y enfrente las montañas, del otro lado de las montañas Liechtenstein.
Parando varias veces para sacar fotos y sentarme en algún banquito a disfrutar la vista, me tomó una hora llegar a Sammelplatz, donde busqué la estación de tren, ahora sí, y lo tomé para volver a San Gall.
Ordené mis cosas y compartí una cena temprano (acá quizás era una cena re tarde!), con los chicos, antes de ir a la estación a tomar el Bus que me llevaría hasta Praga.
"Está al lado de la estación de tren" me dijeron, no sólo las personas, sino que el boleto decía "next to the train station". Cuando llegué no podia encontrar el lugar, no había gente con valijas por ningún lado, ningún cartel, ningún bus, ninguna parada. Me empecé a desperar, le pregunté a la gente que estaba por la zona, todos me decían algo diferente.
Finalmente encontré a dos chicas que estaban con sus amigos, pero los despidieron para venir conmigo y ayudarme. Con Michelle y Martina, entonces, fuimos al lugar de donde salen los buses que van a otros países, ellas me afirmaron que era ahí, y el mapita de la web lo confirmaba, esperamos un rato, ya era tarde, el micro nunca apareció.
Martina decidió ir hacia le otro lado de la estación por las dudas, ahí encontro otro colectivo, y le consultó al conductor, él le dijo que habían cambiado la parada hacia ese lugar porque en el otro lado estaban haciendo remodelaciones. Nos llamó y se quedó ahí, a ver si veía el bus amarillo que era el mío, pero nada, y de nuestro lado tampoco.
Después de media hora nos juntamos con Martina. Yo me puse a llorar, no podía creer que había perdido el colectivo,era uno de los pasajes más caros que había pagado en todo mi viaje, y encima también perdia una noche de hostel, y un día en Praga. Me sentía aplastada por la situación, y muy enojada de que en un lugar como Suiza, donde todo está siempre perfectamente señalizado, esto de la parada de Buses fuera tan irregular.
Las chicas me abrazaban y me decía que todo iba a estar bien, se quedaron conmigo, nos terminamos riendo. Lo llamaron a Jan y el vino a mi encuentro.
A penas llegó me pidio disculpas, diciendo que todo era culpa suya por no acompañarme.
Después de despedirme con mucho amor de mis dos ángeles de esa noche, volví con Jan a la casa, donde estaban todos los demás, haciendo la previa para ir a otro lugar donde tocaba Leroy.
Me dieron un shot de algo así como fernet, horrible, y nos divertimos hablando mal de san gall y su falta de entendimiento de lo que una parada de colectivos debería ser. En eso, a Jan se ocurrió la frase "the stories you win when you loose some time", y la escribió para no olvidarla, para hacer alguna canción.
Yo mientras tanto decidía qué hacer, si comprar otro boleto para Praga, o ir para Berlin derecho...en eso los chicos se fueron al bar. Jan se quedó conmigo, mientras decidía si hacer la compra o no.
En eso, entró a su habitación y volvió a salir con cincuenta libras en las manos, y me las dió. Yo no quería aceptarlas, por supuesto que no era su culpa que yo perdiera el colectivo, pero me contó de dónde había salido esas libras:
Durante alguno de sus viajes,no recuerdo ahora dónde me dijo que estaba, conoció a un inglés que habia tenido problemas con sus tarjetas de crédito y no tenía plata. Como lo mismo siempe le pasa a él, lo ayudó, le prestó plata, y le dijo "no te preocupes, yo voy a ir a londres y ahí me la devolves", tiempo después los dos cumplieron sus palabras. Así había llegado a sus manos esas libras que ahora me daba a mi, y entonces, yo que ya estaba llorando de nuevo, le dije que cuando fuera que decida viajar a Buenos Aires, yo le iba a devolver el favor.
Después de comprar finalmente el pasaje. Nos fuimos a escuchar a Leroy.
Al día siguiente mientras desayunoalmorzábamos, hablado de los viajes, la vida, y las cosas locas que pasan, cambiamos la frase original por "the stories you win when you miss the bus".
Es cierto que terminé pasando más tiempo del que pensaba en San Gall, y que me quedó muy poco y todo apretado para ver Praga y Berlín. Pero es cierto que el amor y el cuidado que sentí en la diminuta ciudad de San Gall, donde todos sus jóvenes dicen que se aburren pero parece que la están pasando muy bien, no lo sentí en ningún otro lugar ni momento del viaje. Afirmar esa idea de que la gente es en general buena gente, de que está lleno de personas dispuestas a ayudarte, de desconocidos que te pueden dar justo ese abrazo que necesitás, o hacerte sonreír mientras llorás, subiéndose a un caballo de mentira, bajo la lluvia, vale todos los micros perdidos del mundo.
Y al final eso es viajar, estas emociones extremas, todas tan juntas. Llorar y reír, sentir la amistad que está dispuesto a darte alguien aunque sólo dure lo que tardás en perder un colectivo. Amar y odiar un lugar al mismo tiempo.
Chau San Gall, aunque no me dejes, me voy.








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